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Los números que mueven el sistema

 Los números que mueven el sistema

España, líder mundial. La tasa de donantes en 2018 fue de 48 personas por millón de habitantes, según la Organización Nacional de Transplantes (ONT). Ha mantenido el liderato durante los últimos 27 años, tan solo dos después de que se fundara la ONT.

Casi tres trasplantes por donante. En 2018 se produjeron 2.241 donaciones con las que se realizaron 5.316 trasplante de órganos, también un récord.

Centros que hacen trasplantes. De los casi 800 hospitales que hay en España, un total de 185 están autorizados para gestionar una donación. Y 44 para realizar trasplantes.

El riñón, órgano más trasplantado. Desde 1989 se han realizado 72.166 implantes renales, 27.382 hepáticos y 8.534 cardíacos.

La lista de espera se reduce. En 2018, 4.804 personas esperaron un trasplante, 88 niños.

“Donar ha de ser una actividad más en la UCI”

Desde su oficina de Ginebra, el doctor José Ramón Núñez (Ávila, 1958) monitoriza los trasplantes de todo el globo. Es el responsable del Programa de Donación y Trasplantes de la OMS. Recientemente, ha estado de visita en Barcelona para participar en una jornada de la Organización Catalana de Trasplantes.

Pregunta. ¿Qué tiene el modelo español que tantos elogios recibe?

Respuesta. Una buena organización y un sistema público, equitativo y gratuito. La gente es igual de generosa en todo el mundo, pero cuando detectan que no hay equidad, recelan.

P. España ha vuelto a ser líder en trasplantes y donaciones. ¿Aún hay margen de mejora?

R. Hay que detectar el 100% de potenciales donantes y que entre las personas ingresadas en la UCI se considere la donación como un derecho, como un proceso más al final de la vida. Hay que potenciar la donación como una actividad más dentro de la UCI.

P. ¿Qué pasa en otros sitios?

R. Son 124 países y las realidades son completamente distintas. Pero en cuanto se aplica el modelo español en cualquier parte del mundo, la donación sube espectacularmente. Aunque es verdad que hay realidades sociales o profesionales que son difíciles de trasladar. Por ejemplo, en India el criterio de muerte encefálica —el paciente está muerto y su corazón late— no era compartido por los profesionales. En África es una utopía hablar de programas de trasplantes porque su prioridad es que las mujeres no mueran en el parto, que los niños no mueran al nacer, no infectarse de malaria. Es una cuestión de la realidad sanitaria de los países. La sanidad gratuita de España no existe en ningún lugar.

P. Cuando asumió el cargo en la OMS se comprometió a combatir el tráfico de órganos. ¿Cómo lo lleva?

R. El tráfico mueve 1.000 millones de dólares al año. Cuando conseguimos bloquearlo en una parte del mundo se mueve a otras zonas. Hacemos esfuerzos para detectarlo, pero mi prioridad es potenciar el trasplante legal para reducir el tráfico.

 

 

En las entrañas de un trasplante

Cinco horas y media para completar con éxito la extracción de un riñón a una mujer viva e implantárselo a su hijo

mediante un robot en el Hospital Clínic de Barcelona

 

 Jessica Mouzo Quintáns

5 FEB 2019 - 09:47 CET

Un pitido intermitente marca el tempo en el quirófano. No hay música ni charla. Solo un agudo pip rompe el silencio. Como un metrónomo, el monitor de constantes vitales mantiene el orden: si el pitido no cambia, todo va bien. Son las 9.30. En la camilla, una mujer sometida ya al letargo de la anestesia. A su alrededor, una decena de sanitarios se mueven en un caos ordenado, cada uno a lo suyo. La operación ya ha comenzado. En el argot médico se llama nefrectomía. En la calle, extirpar un riñón. Ella es la donante. Su hijo, el receptor.

“No tengo duda de que saldrá bien. Somos así de pedantes”, bromea Antonio Alcaraz (Granada, 1960), jefe de Urología del hospital Clínic de Barcelona y cirujano al mando de la operación. Pero no es engreimiento. Es experiencia. El Clínic es líder en España en trasplantes renales de donante vivo (en 2018, hizo 40 de los 293 totales) y Alcaraz es el cirujano con más intervenciones: 1.400 como primer cirujano y otras 400 en el equipo quirúrgico.

En el quirófano, el doctor Lluís Peri avanza. A la paciente, tumbada de lado, le ha hecho tres incisiones mínimas en el costado para introducir los brazos de la laparoscopia que, dirigidos desde fuera, trabajan en el interior como las manos del cirujano. Desde 2002, el hospital hace la extracción con esta técnica menos invasiva para reducir riesgos de infección. “A los cirujanos no nos gusta la sangre”, ríe Alcaraz. Con una tijera eléctrica, que corta y cauteriza a la vez, Peri se abre camino hasta el riñón.

El quirófano de Alcaraz no es como el de las películas. No hay música ni disputas personales. Tampoco riñas profesionales. “El quirófano no es una democracia. Se hace lo que dice el cirujano al mando”, zanja. Con todo, también ahí hay lugar para la distensión y la charla: “Viva España”, vacila Alcaraz. “Visca Catalunya”, responde Peri con sorna. En situaciones complejas, no obstante, el ambiente se torna rígido, el equipo guarda silencio y contiene el aliento. “El cirujano tiene que tener el corazón de un león, los ojos de un águila y las manos de una mujer. Has de tener fuerza mental, ser hábil y que tu cerebro sepa controlar los nervios”, explica el jefe.

De talante tranquilo, Alcaraz traslada esa calma al quirófano. Toma los joysticks laparoscópicos (dos brazos son las pinzas y las tijeras y un tercero, una cámara que reproduce la imagen en tres dimensiones en los monitores), se pone las gafas 3D y, empieza a moverse por la cavidad: “Mira la aorta”. Un grueso tubo de aspecto gelatinoso aparece en la pantalla. El médico separa los vasos renales y el uréter para ganar visibilidad. “Esto ya se parece más a lo que veis en los libros”, bromea.

Toca contener el aliento: hay que cortar los vasos que unen el riñón al torrente sanguíneo. Alcaraz corta la vena y la arteria renales y activa el contador. El tiempo desde que el riñón pierde el riego hasta que se pone en hielo con líquido de preservación debe ser mínimo. Peri hace una incisión a la altura del ombligo y Alcaraz introduce su mano para sacarlo. En la pantalla, un guante blanco agarra con cuidado el escurridizo órgano. Lo extrae hasta una bandeja de hielo y consulta: “¿Tiempo?”. “2,57”, responde alguien. “Hemos tardado tres minutos. Antes era más rosado y ahora está grisáceo”.

Mientras Peri cierra y cose, Alcaraz retira la grasa del riñón, sella capilares y pule la entrada de la arteria y la vena. Y lo guarda en una camisa de hielo con una gasa llena de granizo.

El anestesista despierta a la donante y la traslada a Reanimación. De camino, aún adormecida, se cruza con su hijo, que espera en una sala anexa.

A mediodía, la segunda vuelta. El paciente ya está dormido. Sobre la camilla, el robot Da Vinci con sus cuatro brazos como patas de araña alza la voz: “Da Vinci está listo”. “Los demás también”, ríe una enfermera. El trasplante robótico se hace en el Clínic desde 2015. Es una técnica más precisa y limpia: solo incisiones para introducir los brazos, también en el costado, y un pequeño corte para meter el órgano.

El riñón, con su camisa de hielo puesta, se introduce en el vientre. Alcaraz controla los mandos del robot a varios metros del paciente, ante una consola. Aísla la vena ilíaca de la circulación y hace un minúsculo corte en el vaso para coserlo a la vena renal. Un chorro de heparina en el agujero para evitar coágulos y empieza a tejer. El urólogo danza con la aguja, puntada a puntada, hasta unir las venas. Lo mismo con la arteria ilíaca y la renal. Retira las mallas que las aislaban de la circulación y la sangre vuelve a correr. Rompe la camisa de hielo y el quirófano calla. “Buena perfusión”, valora sonriente. El uréter, aún suelto, empieza a orinar. Buena señal. El riñón está funcionando. Son casi las 3. Alcaraz se quita los guantes y sale.

 

 

 

El número de personas de más de 60 años que ceden órganos casi se duplicó desde el 2010

 El número de personas de más de 60 años que ceden órganos casi se duplicó desde el 2010

redacción / la voz 17/01/2019 05:00 h

 Un hígado de una persona de 94 años. Es el órgano más viejo que jamás se haya trasplantado en España, en el 2016, y probablemente también en todo el mundo. Es una excepción, como también lo fue la del donante gallego de 91 años que lo cedió el pasado año. Pero estos casos son cada vez menos infrecuentes en un país en el que la edad media de las personas que ofrecen después de muertos partes de su cuerpo a otras de forma desinteresada se ha disparado hasta los 60,5 años, mientras que la de Galicia se eleva a los 61,2. No queda otro remedio que recurrir cada vez en mayor medida a los órganos de pacientes de edad avanzada para que España siga manteniéndose como líder mundial en trasplantes y, lo que es más importante aún, salvar y mejorar la calidad de vida de otros. Sin estas aportaciones, sobre todo a partir del radical y afortunado descenso de los jóvenes muertos en accidentes de tráfico, el sistema sería prácticamente inviable. Así lo reconoce la directora general de la Organización Nacional de Trasplantes, la santiaguesa Beatriz Domínguez Gil. «Si nosotros hubiéramos mantenido inalterables nuestros criterios de aceptación de órganos, la actividad de donación y de trasplante en nuestro país habría disminuido de forma dramática y condenado a muchos pacientes a diálisis o a la muerte, porque no habría ninguna opción terapéutica disponible», asegura. «Este tipo de órganos -constata- nos permite salvar a pacientes que se encuentran en situación de urgencia vital y sin ellos no tendríamos capacidad de responder a las necesidades de trasplante».

Los datos avalan la necesidad de un cambio que se ha implantado hace ya algunos años. Así, si en el 2010 el 32 % de los donantes tenía 60 años o más, este porcentaje se ha incrementado el pasado año hasta el 57 %, casi el doble.

Pero que los órganos correspondan a personas de más de 60 años (el 57 % del total); de 70 (el 31 %) o incluso de 80 (el 9 %) no significa en absoluto que no sean válidos, sino que mantienen en buen estado todas sus funciones vitales. «Antes de aceptarlos», indica Domínguez, «se hace una evaluación muy pormenorizada caso por caso, desde el punto de vista de su función y de su anatomía y con ello se toma la decisión, pero el concepto importante es que para el sistema de trasplantes la edad cronológica ya no es un factor limitante, sino la edad biológica. Y si los resultados no fueran tan extraordinarios como los que estamos teniendo, no nos lo plantearíamos».

En esta apreciación coincide Fernando Mosteiro, responsable del programa de trasplantes del Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña (Chuac). «No nos fijamos en la edad del donante -dice- sino en que su órgano sea el idóneo y correcto, porque por encima de todo lo más importante es la seguridad del receptor. Y tenemos una experiencia de muchos años para saber cómo hacer bien las cosas».

En la evaluación que se sigue para decidir si se acepta un hígado, un corazón, un riñón, un pulmón o un páncreas no solo se tiene en cuenta que esté en buenas condiciones para cumplir con sus funciones en el cuerpo del trasplantado, sino que también se examina el perfil del donante para advertir posibles riesgos. En este caso se toma en consideración, en función la pieza que se quiera trasplantar, si el donante es diabético, fumador, tiene hipertensión, cualquier otro riesgo cardíaco o incluso si es obeso.

 

      • El hígado es el órgano que mejor soporta el paso de los años

 

Si el donante no es hipertenso, no ha tenido un consumo excesivo de alcohol o drogas y no se ha sometido a una medicación de forma prolongada, el trasplante hepático puede ser perfectamente factible incluso si procede de una persona de 94 años.

También se suelen aceptar sin problemas riñones de personas mayores de 70 años, o incluso de 80, otra parte del cuerpo que suele mantenerse en buen estado en la vejez si el individuo que la cede ha tenido una vida saludable. En este supuesto la donación es especialmente importante, ya que no solo aumenta la calidad de vida del receptor, tal y como demuestran los estudios realizados, sino que también se les permite liberarse de la diálisis, por lo que mejora su calidad.

Sin embargo, el corazón es mucho más sensible al envejecimiento, al igual que el páncreas, por lo que el límite de edad de los donantes se sitúa en el primer caso entre los 60 o, como mucho, 65 años. El pulmón también es delicado, pero puede aceptarse el de individuos que lo cedan entre los 65 y los 70 años.